Nació y creció en Ontario, Canadá y cuenta con 10 años de experiencia trabajando en el campo de la educación convencional y alternativa con jóvenes en riesgo y sus familias, así como en el área del desarrollo comunitario. Le apasiona el intercambio cultural y el aprendizaje. Shannon ha viajado extensamente como estudiante, voluntaria y profesional, permaneciendo por algún tiempo en Ecuador, México, Jamaica, Inglaterra, Indonesia, Estados Unidos y ha recorrido todo el Canadá. Ella cuenta con títulos profesionales en Desarrollo Internacional y Educación y también tiene una certificación como especialista en orientación psicopedagógica.


Entre los 20 y los 30 años de edad, Shannon trabajó a tiempo completo como profesora y asesora en orientación en una escuela secundaria y también administró un programa residencial para jóvenes, un programa de extensión para jóvenes sin hogar y una amplia variedad de iniciativas en el aula y en exteriores para adolescentes con problemas. Dondequiera que haya vivido o viajado, Shannon participó activamente como voluntaria con grupos locales e internacionales y fue una participante creativa y muy activa en las iniciativas, eventos y promoción de la justicia social.

En el 2005, justo después de cumplir los 30 años, la vida de Shannon cambió drástica y traumaticamente cuando, sin previa advertencia, su esposo cometió una serie de asaltos sexuales violentos contra dos extrañas y luego las secuestró en su propia casa, desde donde llamó a la policía. Él fue arrestado, lo mantuvieron encarcelado y dos años más tarde se le declaró Agresor Peligroso – y se le condenó a un periodo indeterminado de pena privativa de la libertad (la sentencia más drástica impuesta en Canadá).
 
 



“Desde el inicio, me prometí a mi misma que dejaría que esta experiencia determinara mi vida, pero que no la controlaría. Cada día desde entonces he trabajado buscando la restauración y día tras día estoy volviendo a sentirme completa nuevamente”.
 

Shannon ahora habla públicamente sobre sus dolorosas e impactantes experiencias de pérdida y su travesía a través de la justicia, la salud mental y los sistemas correccionales tanto como una víctima del crimen, así como miembro de la familia de un agresor. Ella nos hace un recuento abierto y honesto del impacto que tuvo el delito cometido por su esposo en su estatus profesional y dentro de la comunidad, así como en sus relaciones con otros y consigo misma. A la vez que detalla su historia desgarradora de profundo dolor, violencia, juicio y estigmatización, también nos cuenta la historia de un viaje lleno de compasión, restauración, perdón y esperanza.
 
Parte de la travesía de Shannon se convirtió en una búsqueda por combinar su experiencia profesional y educación pasadas con el entendimiento de su trauma personal con el objetivo de hacer la diferencia para otros. En el 2006, se le concedió una beca para cursar estudios de posgrado en Inglaterra donde obtuvo una Maestría en Protección Internacional de la Infancia, enfocando su investigación en la resistencia y la recuperación de niños y adolescentes expuestos al trauma, particularmente aquellos afectados por el crimen como víctimas, agresores, o ambos. Cuando volvió al Canadá, Shannon continuó su viaje de recuperación personal llevando la Justicia Restaurativa a su vida tanto como participante en el proceso como defensora del proceso.
 

“El sistema legal es un sistema que desea que las cosas sean blanco o negro – para que la gente se siente en un lado del juzgado o en el otro. La prensa defiende esta polarización mediante el sensacionalismo o la descontextualización de los hechos. Nunca me imagine que estaría en la posición en la que me encontré: presionada para tomar partido después de una serie de eventos que me rompieron el corazón en cada momento”.
 
 
 
 
 

 Al hablar ante grupos, Shannon utiliza fotografías y varias piezas de arte para ayudarse a contar su historia y también acoge con agrado las preguntas y el diálogo con la audiencia. Ella ha realizado presentaciones en Canadá, Estados Unidos y México, ante audiencias entre los que se encontraban abogados, jueces, facilitadores de justicia juvenil restaurativa, policías, estudiantes, trabajadores sociales, oficiales de correccionales, víctimas de crímenes y reclusos.
Shannon reside actualmente en Toronto en donde enseña  en una escuela secundaria, es facilitadora de Círculos de Paz para jóvenes que están en conflicto con la ley y sus víctimas y familias. Recientemente terminó de escribir sus memorias tituladas “Sin Mapa”, y también es autora de un folleto, “Un paso a la vez: reorganizando la vida después de un crimen dentro de la familia”, publicado por la Red Canadiense de Familias y Correccionales.  En febrero de 2010 estará disponible un libro nuevo; “Justicia Restaurativa en Lugares Inimaginables”, en el cual Shannon tiene un capítulo y que será publicado por Criminal Justice Press en los EE.UU.
Curación a través del arte

Tres meses después del arresto y encarcelación de mi esposo Jason, la doctora de mi familia, Sue, vino para una visita a domicilio como las que se estilaba antaño. Ella sabe que hay momentos en los que los pacientes no se sienten lo suficientemente bien para salir y, ese día en particular, yo era uno de esos pacientes. Los síntomas que me limitaban eran el estrés, el miedo y la tristeza. Cuando Sue llegó a mi puerta, la invité a pasar a la habitación del fondo de la casa, que era el estudio de arte de Jason. Los lienzos, las pinturas, la tinta y el papel estaban puestos exactamente como él los había dejado, salvo por algún desorden provocado por el cateo de la policía después de su arresto. Mientras que Sue daba un vistazo sin perder detalle, yo permanecí junto a ella mirando casi con impotencia la ruma de materiales que abrumaban la habitación. Luego de un momento, se volvió hacia mí y dijo con toda naturalidad,  

“Creo que deberías hacer algo con todas estas cosas.” 

Asentí con la cabeza y empecé a murmurar algunas ideas que tuve sobre donarlas a instituciones de caridad o a un colegio. Sue interrumpió,  

“No, me refiero a que hagas algo por ti misma” 

“Oh”, repliqué. ¿Por mi misma? ¿Qué quiso decir?

Al notar mi confusión, Sue rápidamente se lanzó a darme una sugerencia:

“En dos semanas, ven a tu siguiente cita con una obra de arte que tu hayas creado utilizando estos materiales; algo que plasme lo que has estado pasando los últimos tres meses luego de los delitos. Céntrate en tus emociones: ¿Cómo te han hecho sentir?”

Asentí lentamente en señal de acuerdo, pero ya me sentía abrumada. ¿Cómo podía alguna vez plasmar la complejidad de mis emociones en una obra de arte? Me considero una persona con habilidades para las manualidades, creativa, pero no una artista. Sue pareció percibir mi inseguridad,

“Puedes hacerlo Shannon. No tiene que ser una belleza, solo tiene que ser real. No pienses mucho, solo deja salir esos sentimientos. Te sentirás mejor.”

Dos semanas después, llegué a su oficina con una gran plancha de masonita que pinté de negro con pintura en spray y cubrí con recortes de fotos, retazos, fragmentos de poesías y letras de canciones, hojas secas y trozos de vidrio. El collage parecía una elección adecuada como medio para describir la ruptura que sentí. En medio de la plancha pegué una gran pieza de media luna de una envoltura de polímero de plata, de manera que parecía un tazón de plata, dentro del tazón coloqué una foto del día de mi boda: todos los invitados estaban juntos entre hojas de otoño y sonrisas radiantes en sus rostros. Yo estaba en la fila de adelante con mi vestido de novia y Jason parado detrás con su mano en mi hombro, luciendo orgulloso y feliz. Estábamos rodeados por nuestros seres queridos y a punto de iniciar un nuevo capítulo de nuestra vida, juntos. Eso fue el ocho de octubre de 2005. 

Exactamente un mes después, los terribles delitos que cometió Jason convirtieron el tazón de plata de mi vida en una coladera, sacudiéndola frenéticamente como si estuviera en un terremoto. Como consecuencia de su violencia, me revolqué fuertemente dentro de una nueva y terrible realidad, sujetándome para aferrarme a cualquier cosa mientras veía que las personas, lugares, recuerdos, aspiraciones y sueños caían a través de los agujeros y por los lados. Finalmente yo también caí, en un entorno agreste y peligroso. Cuando el suelo por fin dejó de sacudirse y el efecto de la destrucción pudo percibirse, las pérdidas fueron enormes, de gran repercusión y rompían el corazón. 

Supe en ese instante que mi travesía a la estabilidad y seguridad sería larga y difícil, pero decidí sobrevivir a esta experiencia para encontrar un sentido y paz y reconstruir una vida lejos de las ruinas. Siempre fui una persona con principios de amor y aprecio por la vida y eso no ha cambiado. Fui afortunada de estar rodeada de personas con la fortaleza y el amor para ayudarme a mantener mi determinación. Ninguno de nosotros sabía exactamente cómo algo bueno podría alguna vez surgir de algo tan absurdo como esto, pero todos nosotros creímos que era posible. Se puede crear hermosos mosaicos de miles de piezas rotas.

Para mí, aprender a expresarme a través del arte probó ser una excelente manera de aliviar el estrés, enfrentar la pérdida y procesar las complejas y agobiantes emociones que experimento, muchas de las cuales son nuevas. Encontré reconfortante utilizar símbolos e imágenes, particularmente provenientes de la naturaleza, como metáforas de varios aspectos de mi travesía. Nunca tuve la intención de mostrar mi trabajo a nadie más, pero he descubierto que al compartirlo puedo contar parte de mi historia, para la que no tengo palabras y eso es de gran ayuda. Además me ha beneficiado escuchar la manera en que los demás reaccionan ante mi trabajo: qué obra los emocionó en mayor medida; por qué tiene un significado para ellos; qué ven ellos que yo no veo. A veces las personas dicen que se sienten inspiradas para crear arte por si mismas y que eso se siente ¡maravilloso! Yo les digo lo que mi doctora me dijo: 

“No tiene que ser hermoso, solo tiene que ser real. No pienses, solo siente.”

Así como un salmón nada miles de kilómetros río arriba para desovar, para dar paso a una nueva vida, o como los tulipanes se abren paso para florecer desde un suelo congelado por meses, las pruebas de que los milagros y la transformación ocurren se encuentran en todas partes.


Comunidades atentas a las necesidades humanas

SEMANA CANADIENSE DE LA JUSTICIA RESTAURATIVA 2009

Las Comunidades Restaurativas Necesitan 
Líderes Restaurativas

Por Shannon Moroney

Los terribles delitos que mi esposo cometió hicieron que mi feliz existencia se convirtiera en un caos; todo se vino abajo como si hubiera sobrevenido una tempestad. Tras sus actos violentos, me tuve que enfrentar a una nueva y aterradora realidad. Intentaba aferrarme a algo a medida que la gente, los lugares, recuerdos y sueños que había conocido perdían sentido. Al final, yo también estaba perdida ante esta dura realidad. Cuando la tempestad finalmente pasó y pudieron medirse las consecuencias, las pérdidas sufridas fueron considerables, inconmensurables y dolorosas.

A medida que aprendía más sobre las agresiones, fui abrumada por un cúmulo de emociones: tristeza, ira, confusión, miedo y ansiedad, todas a la vez. Me sentía, entonces como una viuda cuyo sueño de formar una familia se destruía. Aun así, en muchas oportunidades, tuve que defender mi derecho a sentir pena por las circunstancias en que perdí a mi esposo. Como víctima, necesitaba tiempo y lugares seguros que me permitieran hacer frente a la situación, pero como miembro de la familia de un delincuente, fui más bien, blanco de acusaciones, juicios y culpas. Mientras que a Jason lo colocaron en aislamiento como medida de protección, a mí me dejaron en la comunidad, completamente vulnerable.

Sólo el amor y el respaldo de mi familia y de mis amigos me permitieron y me permiten aún hoy, continuar en el camino correcto de la recuperación. Aunque algunas de mis relaciones se debilitaron luego del incidente, otras se fortalecieron y se cultivaron a través de la compasión, el aliento y la esperanza de un mejor mañana. Una de estas relaciones es la que mantengo con Jason. Al principio, tenía muchas preguntas y él era el único que me las podía responder. El hecho de que él supiera expresar su remordimiento y asumir sus responsabilidades nos permitió iniciar lo que llamo un “diálogo restaurador”, y fue a través de este diálogo que se abrieron los caminos hacia el perdón y, en consecuencia, hacia la paz. Ya no estamos casados, pero somos amigos.

Lo que afectó más mi recuperación fue el sentimiento de no poder expresarme. No pude hacer nada para prevenir lo que sucedió y no pude pronunciarme con respecto a las importantes decisiones que fueron tomadas luego, decisiones que tuvieron consecuencias considerables en mi vida. Los “sistemas” aplicados se hicieron cargo de ello. Bajo un estado vulnerable, participé en las investigaciones llevadas a cabo por la policía, el Servicio Correccional de Canadá y la Comisión Nacional de Libertad Condicional, pero a cambio, ninguno de estos organismos me ofreció el apoyo práctico que yo necesitaba. En esa época, yo trabajaba para un consejo de escuelas públicas, y mi empleador tomó la decisión de despedirme en base a los rumores y aseveraciones que circulaban con respecto a mí. Este hecho produjo consecuencias devastadoras y a largo plazo repercutieron sobre mi reputación y en mi vida profesional. Estando desamparada, acudí a los servicios para víctimas de mi localidad, pero el consejero me dijo que no había lugar para mí ahí. Durante los 30 meses que duraron los procesos judiciales, la Corona nunca se comunicó conmigo aún cuando yo también era una víctima. Si bien los valores restauradores me brindaban apoyo en lo que respecta a mis relaciones interpersonales, necesitaba con desesperación la justicia restaurativa a nivel de liderazgo. Necesitaba un defensor. Buscaba  reivindicación y retomar mi voz. 

Con la intención de levantar mi voz ante los demás sobre lo que yo tenía que decir, hice una declaración como víctima al momento que se dictó sentencia a Jason. En la Corte, hablé de mi dolor y de lo que había perdido. Asimismo, escuché a las víctimas de la agresión decir lo suyo. Lo que me impresionó es que si bien el proceso judicial llegaba a término, el daño dejado por el delito persistía. Gracias a nuestros testimonios, hemos logrado contarnos lo que habíamos vivido, pero sin expresar lo que necesitamos actualmente. Las repercusiones del delito fueron profundas y de gran envergadura. Sin embargo, pareciera que todo lo que sucedió se resume a las finales a encarcelar de por vida a una persona y el resto simplemente de regreso a sus casas.

Los días, semanas y meses siguientes a la imposición de la sentencia, me sentí muy deprimida. Pensaba en el juzgado y en todas las personas que estuvieron presentes allí: las víctimas y sus familias, el delincuente y su familia, los abogados, los policías, los agentes penitenciarios, el juez, y algunos miembros de la comunidad. Sentía como si estuviera perdiendo la oportunidad de algo. Me hubiera gustado que haya otra etapa; una forma que permitiera pedir a todas las personas afectadas por estos terribles delitos, lo que necesitaban para su recuperación, para sentirse de nuevo completos y seguros. ¿Hasta qué punto sería diferente la situación hoy en día, si nos hubiéramos dado el tiempo y el espacio necesarios, así como el acceso a un líder y a personas con recursos para que faciliten un proceso mediante el cual se comprendieran las necesidades y se estableciera un plan? No he logrado determinar de qué manera esto podría darse, pero estoy segura que demostrando integridad, inclusión e imaginación (que son riquezas con las que cuentan nuestras comunidades), sería posible. El mal está hecho y nadie puede cambiar lo que es, pero podemos trabajar juntos para construir un futuro mejor.

  

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